COLUMNEROSRelatos de noche sin luna

La Paranoia de la Media Noche

Escribe: Héctor Medina

Después del sismo de hacía seis días, el cual le había hecho perder el tren y arruinado totalmente sus planes, decidió aliviar un poco el estrés y favorecido porque el dolor de estómago había disminuido a causa de todas las pastillas que ingirió pero que lo habían puesto de mal humor, era menester hablar con alguien de confianza que lo hiciera soltar alguna buena carcajada en medio de su caos mental. Sin dudarlo tomo el teléfono y marco en el aparato los diez números de rigor. Tras unos breves minutos termino la llamada, una sonrisa de satisfacción alivio su agitado pecho; la cita estaba concertada en el lugar de siempre pero en una hora más temprana de lo habitual.

Tras el tercer café del día —ese que ya te hace sentir el pulso en los párpados— y una espera que bordeaba en lo agónico, por fin apareció Andy, con el cabello descompuesto por el viento y la frente sudorosa por el estrujante calor.

Habían pasado más de seis meses desde su última charla. Lo suyo no era una amistad de tabernas ni de copas vacías; eran sobrevivientes de una era extinta. Cada que se reunían se sentaban a construir una base de datos de vida, compartiendo secretos, consejos y teorías como si prepararan un manual gigante de instrucciones por si al otro le caía por ejemplo un piano encima mientras pasaba por debajo del edificio más alto de la ciudad. Eran tardes de comida chatarra, helado, gaseosas y confesiones que no se le permiten a nadie más.

​El sol comenzó a retirarse lentamente, tiñendo de sombras los portales donde las mesas del restaurante descansaban. Entonces, tras un bostezo que pareció eterno, Andy clavó la mirada en los ojos de su acompañante. Con una audacia casi criminal, extendió el dedo índice y, apretando con asombro el músculo orbicular del otro, solto la pregunta que lo cambiaria todo esa tarde:

​— ¿A qué hora te duermes? —preguntó, con un tono rasposo de quien ha visto demasiado.

​— A las doce… o quizás dos horas después de la medianoche —respondió su acompañante con una calma poética—. Depende de la luna. Me gusta dormir cuando está en su punto más alto y juega a colarse bajo mis cortinas, mientras acaricia, casi con morbo, las plantas de mis pies.

​Andy soltó una risa amarga y sentenció:
​»Yo, en cambio, no tengo horario. Cuando los pensamientos se ensañan en ir de arriba hacia abajo, todo se revuelve. Giro en la cama como si quisiera cavar un agujero directo a China. Y entonces… la noche se vuelve día».

Cuando el descanso por fin parece posible, el mundo decide conspirar de madrugada, ​los ruidos obscenos aparecen en la penumbra de mis ojos El camión del gas, el de la basura y las vecinas escandalosas. ​Los testigos religiosos que aporrean la puerta o intentan fundir el timbre, provocando el deseo irrefrenable de gritar: “¡Tiren la puerta de una vez, canallas, pero déjenme dormir de una puta vez, chingada madre!”. ​Y por si fuera poco, están las notificaciones del celular. Ese estruendo digital que llega justo cuando entras en el tercer círculo de Morfeo y la almohada empieza a fusionarse con tu cráneo. Das un brinco tan alto que solo logras articular un: “¡Qué mierda!”, para luego contestar con excusas disfrazadas de miel: «Ahorita no», «No está la señora», «En un ratito más le mando la información, no se preocupe se la mando». Todo sea por recuperar la paz.

Entonces despiertas en modo zombie, ​en todo el día te sientes más cansado de lo normal. Te engañas a ti mismo: «Esta noche caigo muerto, dormiré como un bebé». Esperas la oscuridad con ansia. Tiras la ropa al suelo, te deslizas en la «nave del descanso», estiras los pies y sientes el abrazo de las sábanas limpias.
​Suspiras. Cierras los ojos. Te dispones a tocar la gloria. Todo es felicidad…
​Hasta que aparece ella. Esa maldita y diminuta voz que, con una alegría sádica, te susurra en el oído derecho:
​— ¿Si cerraste bien la puerta con llave? y todo se vuelve mierda una vez más.

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