Doble click: Docentes desarmados

Escribe Vania Montes
Quisiera escribir desde la serenidad pedagógica, pero creo que eso no existe. Quisiera escribir desde la distancia que me permita analizar situaciones y luego venir a ponerlas aquí, pero no; estoy escribiendo profundamente triste.
Veinte años frente a grupo me han enseñado a leer miradas, a detectar “copiones” y “platicones”, a percibir silencios incómodos; reconozco quién quiere con quien, y cuáles amigas ya se pelearon, he aprendido a comprender algunos estallidos emocionales (porque soy maestra de adolescentes) y también me ha tocado sostener procesos que muchas veces rebasan lo académico. Pero nada de esa experiencia me preparó para leer una noticia como la de hoy: “dos profesoras asesinadas por un estudiante en Lázaro Cárdenas, Michoacán”.
Leí en una nota de El País que esto no es nuevo, pero por más que veo los datos siento que no hay forma de normalizarlo. Cada que abro una nota para documentarme, me veo en un espejo enorme que me recuerda la profunda vulnerabilidad en la que trabajamos las y los docentes. Y nosotros estamos desarmados literal y metafóricamente.
Me puse a pensar en estos veinte años de docencia. Una vez un alumno estaba leyendo un libro en mi clase, le dije: “seguramente está más interesante que la clase, pero vamos a dejarlo para después”. Se paró y me lo aventó; pero esa no fue la primera vez. Cuando recién empezaba en la docencia entré a trabajar a una preparatoria. En la entrevista me dijeron que tenía que aprender a enseñar desde el conflicto—una clase después- un alumno me retó de tal manera que la situación escaló y yo me tuve que salir del salón para evitar que la agresión se consumara. No hubo contención institucional, no hubo protocolo claro. Me dio miedo y renuncié. Y la tercera fue más silenciosa, pero igual de significativa por inesperada: un mensaje dejado en una cartulina. Entre otras cosas, decía «Vania CHTM», algo que me gritan muy seguido porque no sé seguir patrones y se me complica el uno y uno, pero esa vez no fue gracioso, era una forma de intimidación que de verdad no esperaba.
Y desde entonces, pero sobre todo ahora, me pregunto ¿en qué momento se volvió posible que un alumno se sienta con la confianza suficiente para agredir a su docente? A riesgo de parecer vieja diré que eso no hubiera pasado en mis tiempos. Y no dejo de cuestionarme ¿Qué condiciones construimos o dejamos de construir, para que eso ocurra?
Porque estas agresiones no surgen en el vacío. No son hechos aislados, son síntoma de muchas cosas, De entrada de una autoridad debilitada (no sólo la nuestra, también la que deberían tener en casa), una institucionalidad muchas veces ausente o rebasada, y de una narrativa social que ha normalizado la sospecha hacia el docente en un sistema que, en lugar de proteger, duda; en lugar de respaldar, investiga; en lugar de contener, expone.
Ejercer la docencia hoy implica habitar una contradicción permanente porque también se nos exige ser formales, ejemplares, figuras de autoridad, guías, referentes éticos y hasta emocionales, pero estamos desarmados no solo frente a la violencia directa, sino frente a su antesala: la deslegitimación.
En las aulas convivimos con adolescentes atravesados por contextos complejos: están creciendo muy solos, pero no sólo eso; algunos viven violencia, abandono, frustración, incertidumbre. Y sí, nuestra labor es acompañarlos, comprenderlos y guiarlos. No rehúyo esa responsabilidad, la abrazo. Nunca seré indiferente a sus necesidades. Pero tampoco soy mártir. Hay una línea que hemos dejado de nombrar con claridad: la del derecho del docente a ejercer su trabajo con respeto.
Cuando un alumno agrede verbal o físicamente, el sistema responde con una lógica que duele: cuestionar la actuación del docente, pedirle pruebas, exigirle paciencia, investigar y en toda esa suspicacia viene la revictimización.
A esto se suma un fenómeno cada vez más frecuente: la deslegitimación social del docente. Las críticas constantes de padres, madres y cuidadores —muchas veces sin contexto, sin escucha, sin corresponsabilidad— desgastan nuestra autoridad frente a los estudiantes. Nos colocan en una posición frágil, donde cualquier decisión pedagógica puede ser impugnada, y cualquier conflicto, sacado de proporción.
El mensaje que reciben los jóvenes es peligroso: el docente no tiene respaldo: Y cuando una figura pierde legitimidad, pierde capacidad de contener.
Y no se trata de confrontar a las familias ni de deslindarnos de nuestra labor formativa. Así que no, me he prometido no ser la maestra que te regala el 10 para que no me metas en problemas, ni la que esperará a que te repruebe la vida para no lidiar con un conflicto. Educar es una responsabilidad que me tomo muy en serio, pero es compartida. No podemos exigirle todo a la escuela mientras desarticulamos su autoridad. No podemos pedir docentes comprometidos, empáticos y firmes, y al mismo tiempo dejarlos solos.
Más que nunca necesitamos hablar de esto.
Necesitamos protocolos claros, públicos y vinculantes para la protección del docente. Necesitamos acompañamiento psicológico real para los estudiantes, pero también para quienes estamos frente a grupo. Necesitamos autoridades que escuchen sin prejuicios, que respalden antes de investigar, que comprendan que cuidar al docente también es cuidar a los alumnos.
Creo en la educación como el proyecto social más importante. Creo en la capacidad transformadora de la escuela y lo veo como el lugar donde se generan las ideas. Soy maestra porque ahí siento y creo que puedo cambiar al mundo, pero creer no significa no cuestionar.
Hoy escribo para decirlo con claridad: no somos héroes ni heroínas, somos profesionales. Y merecemos condiciones mínimas de seguridad, respeto y respaldo.
Que lo que ocurrió este día no sea una noticia más, que sea un punto de inflexión.
Vania Montes, hoy claramente es docente por convicción.

