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Relatos de noche sin luna: El eco de Lucy

Escribe: Héctor Medina


​Todo comenzó un día a finales de agosto de un año que mi memoria ya se niega a precisar. Mientras ojeaba una revista, me topé en los artículos de ocasión con la posibilidad de forjar nuevas amistades por correspondencia. Cerré los ojos y, siguiendo el azar de las manecillas del reloj, deslicé mi dedo sobre el papel; conté hasta cien y detuve la mano. Al abrir los párpados, mi índice había seleccionado un nombre: Lucy.
​Le pedí una servilleta y una pluma para anotar la dirección a la malhumorada mesera que esa tarde atendía el café «Aragón». Como era mi costumbre tomar café los viernes a las cinco de la tarde, había visto desfilar a cientos de empleados; el sueldo que ofrecían allí era tan miserable como las propinas de los clientes. Claro que la mía era siempre la excepción: yo les obsequiaba una gran sonrisa junto a una frase motivadora.
​Pero volvamos a Lucy. Nunca fui diestro en el arte de romper el hielo, pero lo más sensato parecía iniciar con la verdad:
​»Hola, Lucy. Mi nombre es Byron Lucke, tengo 38 años y soy amante de las patatas fritas con catsup. Alguna vez quise ser futbolista, pero descubrí que a esos cuates les va ‘de la patada’… ja, ja, ja. Omite el mal chiste y cuéntame de ti, si es que así lo deseas».
​Debo mencionar que reescribí esa carta unas treinta y cuatro veces. Mi caligrafía nunca fue grata, pero me esforcé al máximo; la primera impresión es sagrada, y no quería que pensara que era un médico partero o algún tipo de analfabeto que aprobó la primaria a ciegas. Con ímpetu me dirigí a la oficina de correos. Allí me informaron que la carta llegaría en una o dos semanas, «dependiendo del ánimo del cartero». ¡Vaya sinceridad de mierda! Qué jodidamente lento es este mundo, pero en fin… tendría que esperar.

​Los días transcurrían con una lentitud sádica, como si disfrutaran la ansiedad que me causaba la posibilidad de una respuesta. En el intermedio, me dedicaba a imaginarla: tal vez de cabello rubio y ondulado, labios rojos y una mirada tan deliciosa como el café. Solo esperaba que no tuviera la espalda ancha, brazos fuertes y un marcado bigote. ¡Vaya imaginación la mía!
​Pasaron tres meses. El recuerdo de Lucy comenzaba a desvanecerse cuando un pitido molesto fue seguido por el sonar del timbre. Era el cartero con un sobre de ella. Le arrebaté la carta de las manos y le azoté la puerta en las narices. Acto seguido, me encerré en el baño, me senté sobre la taza y, con manos temblorosas, comencé a leer:
​»Querido John, te escribo estas líneas…»
​Mi corazón se paralizó. Una rabia súbita me invadió al pensar que la carta no era para mí. Sin embargo, mi mirada inquieta descendió unos renglones y leyó:
​»Disculpa, es una broma, espero no te lo hayas tomado a mal. Es un placer conocerte. Por lo pronto, solo te contaré que de grande quería ser médico o profesora, me encanta el color rosa y lloro cada vez que leo Romeo y Julieta».
​El corazón me palpitaba con fuerza. Decidí contestar de inmediato. Me dirigí al estudio y escribí con una seguridad renovada, anhelando ya una segunda respuesta.

​El primer año transcurrió sin novedad. Había aprendido mucho sobre Lucy, aunque supongo que ella no tanto de mí; como dije, soy torpe en las relaciones personales. Sin embargo, me sentía profundamente agradecido por aquella amistad y por el asombro que me producía conocer a alguien como ella.
​Pero febrero llegó con un frío seco y ninguna respuesta. Así pasó el invierno y la primavera. No supe de ella durante un año entero. Decidido a buscarla, preparé mi maleta; al día siguiente iría al banco a retirar mis ahorros para emprender el viaje tras sus huellas.
​El sol tocó mi ventana más temprano de lo habitual, pero como buen holgazán, pospuse el abandono de la cama hasta que el hambre o la vejiga me obligaran. No fue ninguna de las dos. Fue aquel pitido horrible lo que me hizo saltar como un resorte.
​Ahí estaba: un sobre maltratado, pero con la calidez de su letra y el exquisito aroma de su perfume de flores. Abrí el sobre desesperadamente y leí:
​»Disculpa la tardanza, pero ya no puedo soportar el no conocerte en persona, ni el hecho de que no te atrevas siquiera a cruzar un par de montañas por mí. Prefiero dejar esto en paz, ya que no puedo soportar vivir ni contigo ni sin ti. No te preocupes en venir a buscarme; cambiaré de ciudad, he vendido mi casa y buscado un nuevo empleo. Cuídate, Byron. Tuya eternamente, Lucy».
​Las cenizas del encuentro
​La ira brotó a través de mis manos, arrugando con fuerza aquella contestación. ¡Maldita sea! Me sentía tan estúpido que solo pensé en embriagarme en aquella cantina de mala muerte donde asisten los humillados, la escoria de la sociedad.
​Fueron tres semanas interminables de borracheras, hasta que un día desperté tirado al lado de la cama. Debajo de los muebles brillaba un objeto: era un anillo que Lucy me había enviado junto a la última carta. En mi rabia ciega, lo había arrojado todo sin prestar atención al resto de la nota. Ese anillo me devolvió la esperanza y las ganas de continuar, aun sin ella.
​Hoy, Lucy vive solo en mis pensamientos, en la poesía de un cielo estrellado y en la quietud de la luna llena. Ella seguirá habitando su burbuja, ese lugar donde los sueños nunca mueren. Quizá algún día vuelva a saber de ella; tal vez nos encontremos caminando por azares del destino. Pero lo que es cierto es que siempre escucharé su nombre cuando el viento juegue con las hojas secas de los árboles, susurrándome, una y otra vez, su nombre.

Pasado algún tiempo el hombre de la basura tuvo a bien en devolverme la carta que había arrojado al cesto. me dijo que creyó que era algo importante y por eso la había salvado a fin de devolverme el papel, mi asombro fue gigante al leer el contenido el cual era el siguiente:
​»Byron, si has llegado a leer esto es porque, a pesar de mi despedida, tu curiosidad fue más grande que tu orgullo.
​Junto a estas líneas encontrarás un anillo. No es una joya de gran valor material, era de mi abuela; ella decía que los círculos existen para recordarnos que la vida siempre nos da una segunda oportunidad de pasar por el mismo lugar, pero siendo personas distintas.
​Te lo envío porque, aunque me voy, no quiero que me olvides por completo. Quiero que este anillo sea el testigo de lo que no nos atrevimos a decir con la voz, pero que gritamos en cada sobre sellado. Si alguna vez decides que las montañas no son tan altas y que el miedo no es tan fuerte, guárdalo. Quizás el destino, que es un viejo bromista, decida que nuestros caminos se crucen de nuevo en alguna calle que aún no conocemos.
​No me busques ahora, Byron. Búscate a ti mismo, encuentra las palabras que te faltaron y aprende a cruzar puentes. Si algún día nos volvemos a ver, espero que no necesitemos papel ni tinta para reconocernos.
​Hasta que el viento vuelva a susurrar mi nombre en tus oídos…
​Eternamente, Lucy.

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