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#Morelia Así Se Vive Una Experiencia Con Hongos Alucinógenos, Ya Es Época

“Había mucho tiempo, pero no importaba saber exactamente cuánto. Hubiera podido, desde luego, recurrir a mi reloj, pero mi reloj, yo lo sabía, estaba en otro universo”

STAFF/ Eliza Flores

Después de una búsqueda, recolección y ofrenda de agradecimiento a la madre naturaleza por los hongos encontrados, los viajeros comienzan a ingerirlos; los hongos alucinógenos por tradición se comen en pares, los asistentes escogen hongos de todos tamaños, los hay desde los más pequeños, hasta del tamaño de la palma de la mano, los más experimentados toman los más grandes, mientras que los novatos comen con cautela.

El efecto comienza poco después de treinta minutos de la ingesta: los primeros síntomas son los bostezos, mientras los asistentes se encuentran sentados bajo la sombra de un árbol comienzan a platicar de experiencias pasadas o de aventuras con algunas otras sustancias naturales, como el peyote o la ayahuasca.

Cerca de los 45 minutos de haber comido hongos, la respiración comienza a ser más profunda, tu organismo comienza a sentir los efectos de la psilocybina, un pequeño dolor de cabeza puede ser normal antes de que comience la magia de la sustancia consumida.

“Me veo las manos y se ven azules, todas mis venas se ven azules, hasta las más diminutas puedo verlas”, comenta una de las viajeras; poco a poco todos van guardando silencio y se recuestan para dejarse llevar por la sensación de un cuerpo intoxicado.

Durante la primera hora el silencio reina y todos permanecen con los ojos cerrados, de vez en cuando se llevan las manos a la cara como si quisieran limpiarse alguna sensación, las respiraciones siguen siendo profundas, de vez en cuando se preguntan «¿cómo estás?». La respuesta siempre es “bien”.

“El hongo te mantiene sentado, en calma, te lleva adentro de ti, puedes ver colores o viajar hasta lugares muy lejanos, eso depende la dosis que hayas consumido, hay personas que comen hasta 15 pares, pero ellos ya tienen mucha experiencia, los hongos son de mucho respeto, por eso les dejamos una ofrenda”, comenta uno de los viajeros que tiene varios años visitando estos lugares.

Con el tiempo las personas comienzan a sentarse y a platicar entre ellos, los hongos ponen muy feliz a los asistentes, pareciera que están borrachos pero con una “buena vibra”, entre ellos hablan de la naturaleza, de los ciclos, de la vida, de los seres queridos y de las luchas que llevan cada uno de ellos en particular, es un espacio donde se convive en armonía; disfrutan de las nubes, acarician el pasto y hablan en un lenguaje de amor.

“Hemos tenido mucha suerte, hay veces que viene gente con muchos problemas o enfermos y les da un mal viaje, personas que lloran todo el día o que les cuesta mucho trabajo regresar; nunca he conocido a alguien que se quede viajado, pero existen leyendas urbanas de personajes que no han bajado”, comenta el guía.

El hongo se considera un alimento para el alma, ayuda a eliminar la depresión y de alguna forma también cura traumas del pasado, ya que al estar bajo los efectos de la psilocybina la percepción de los eventos vividos en el pasado cambia, los hongos han sido consumidos en México desde épocas precolombinas, pero con la llegada de la religión católica las ceremonias de hongos se satanizaron; son pocas las personas que han tenido la oportunidad en este siglo de acceder a una ceremonia de hongos, en Michoacán hay varios “círculos” dónde el consumo de San Isidros se hace de esta forma.

Después de una hora de traslado, dos horas de búsqueda y cuatro horas de “viaje”, los asistentes están listos para su regreso, riendo, abrazándose y agradeciendo a todo lo que los rodea, se despiden esperando poder volver el siguiente año.

Una de las asistentes en el camino de regreso cuenta: “Estoy enamorada de los honguitos, tengo viniendo desde el 2007, me ha pasado de todo, el año pasado subí esa montaña (señala hacia su izquierda) y cuando veníamos de regreso llovió de tal forma que no veíamos nada, todo lo que traía escurría de agua, cuando llegamos a Morelia todo estaba seco, mis amigos y yo nos veíamos súper graciosos todos empapados, como si nos hubieran sacado de una sopa”.

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