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Relatos de una noche sin luna: Tu recuerdo

Escribe: Héctor Medina

El suicidio era parte de mi lista de cosas por hacer. Había tachado ya un par de cosas que iban desde saltar en paracaídas hasta darle una golpiza al sujeto que me molestaba en la primaria, la vida parecía buena, pero por dentro cada noche el corazón se me volvía cenizas y la soledad me inflamaba las venas hasta el punto donde la ansiedad me carcomía los huesos haciéndome desear lo peor.  Pero una tarde cualquiera te vi detrás de aquel aparador, mientras jugabas con tu cabello y pedias algún tipo de bebida caliente.

Cada día pasaba por fuera del establecimiento en espera de verte, no siempre tenía éxito, pero no me daba por vencido, parecía que al fin había un propósito en esta vida y aunque en ese entonces yo odiaba las cafeterías, decidí consumir algunas de las cosas que ofrecían en el sitio. Colocaba la tizana y la rosquilla en la mesa colocada fuera del edificio y esperaba paciente a que aparecieras. Algunas veces te hacia compañía alguna amiga desalineada, otras tantas llegabas sola. Te observaba temeroso e impaciente, no sabía cómo dar el primer paso y acercarme a ti, nunca fui bueno en las relaciones personales, supongo que el hecho de ser abandonado en un orfanatorio tiene mucho que ver, pero en fin esa es otra historia.

Después de algún tiempo, me decidí hablarte, leí algunos artículos que daban consejos de como dirigirse a las mujeres guapas con propiedad y estilo, pero solo me parecían pamplinas, en el fondo algo me decía que debía ser yo y comenzar con algo que me diera pie a continuar con una conversación fluida. No conocía mucho de ti, pero ya habían pasado 30 lunas desde que comencé a tomar café y tizanas en aquel lugar; era tiempo de darme a notar. Así que con las manos temblorosas te abordé cuando salías del sitio con tu café expreso en mano y dije: – ¡hola!, confundida contestaste de igual manera, -veo que te gusta el café- dije y tu mirada de extrañeza me hizo sentir estúpido pero enamorado. ¿Puedo acompañarte hasta la esquina? – pregunte- a lo que respondiste con una sonrisa ¡NO!, mi corazón se volvió añicos otra vez mientras girabas tu cuerpo y con paso apresurado te alejabas. Fue entonces que tu cartera cayó de tu bolso sin que te dieras cuenta. En un ágil movimiento, casi por instinto lo tomé del suelo y corrí para alcanzarte -toma, lo has olvidado en el piso- fue entonces que comenzamos a charlar por primera vez sin darnos cuenta.

El tiempo paso, las sonrisas y abrazos se hicieron presentes, la vida me daba una razón y un nuevo sentido, todo parecía perfecto y los años pasaron tan rápido como un cometa. Hasta ese día en que te vi platicando alegremente con él. Desde entonces las visitas se hicieron menos frecuentes y ya no tenías el tiempo suficiente ni las atenciones que solías tener conmigo.  Los malestares estomacales y las ganas de vomitar fueron creciendo y nuevamente la ansiedad me llevo a consumir en exceso tabaco procesado; me sacaste de tu vida con una facilidad digna de envidiar y el corazón volvió a perder su color, convirtiéndose de nuevo en un ascilo de lamentos.

Hoy que ya no estás escribo estas lineas solo para recordar el olor de tu perfume, me queda solamente caminar, deseando reencuentro que parece totalmente divisible entre dos, en una soledad que tiende a infinito bajo la caricia inoportuna de mis lagrimas.

Es verdad te amé por tu indiferencia en mis alegrías, por la poca atención en los últimos días. por las bromas tenues que hacías en mis tristezas.

Eras mística y efímera como la lluvia en el desierto, tu recuerdo y esos vasos estrellados que me regalaste son lo único que queda. Pero aun guardo en mi paladar es sabor tan tuyo, mientras observo como las cicatrices de tu amor se convierten en arrugas en mi piel.

Te imagino como una nube de verano que viaja en dirección opuesta a ese pedazo de cielo que juntos creamos en busca del invierno, ese cielo que era mi sonrisa buscando tu mirada. No importa si ya no me quieres, no me interesa si quiera donde y con quien estes o si algún día puedas leer esta carta, para mí siempre serás eterna en una forma callada.

Aunque no tenga una razón válida ni un como para explicarlo, parece increíble que aun con la distancia de los años siga pensándote sin cambiarte un solo detalle de aquella gabardina negra que traías puesta el día del primer hola. Ahora me cuesta disfrutar del silencio; lo único que dejaste.

Acepto que vivir sin ti me es difícil, pero me di cuenta que aún me queda mucha vida como para rendirme… Quisiera estuvieras conmigo, desearía que fueras feliz, desearía no haberte conocido o tal vez abrazarte una vez más, bailar el primer y último vals mientras te desvaneces con la neblina azul del deseo, perderte de nuevo y amarte como aman las aves migratorias en busca de un nuevo hogar.

Héctor Medina. Amante de la luna.

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