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Relatos de noches sin luna: El pedestal de arena

Escribe: Héctor Medina

Julián sentía que, por primera vez en su vida, el mundo tenía sentido. Dicen que el amor verdadero te cambia, pero a él lo había transformado por completo. Era esa sensación extraña de tener «mariposas en el estómago» cada vez que escuchaba las llaves de ella girar en la cerradura su corazón se aceleraba por la inmensa alegría que le provocaba verla entrar a su casa.

Para él, ella no era simplemente su pareja; era la mujer perfecta a la que había colocado en un pedestal tan alto que a veces le daba miedo que el viento pudiera rozarla.

Se desvivía por ella: le adelantaba los deseos, le cuidaba los sueños y buscaba que no le faltara nada, convencido de que su entrega total era el único lenguaje que el amor entendía debido a todas las carencias que había sufrido en su niñez.

Sin embargo, la perfección suele ser frágil y tan pasajera como un ave migratoria. Una tarde gris, de esas en las que el frío parece colarse por las grietas de las ventanas, Julián encontró un sobre blanco tirado en el recibidor. No tenía sellos postales ni dirección de remitente, solo una inicial en color negro, afilada, casi violenta, que la ira plasmada en el parecía querer atravesar el papel, cómo lo haría un cuchillo sobre una tersa piel.

Al principio pensó que sería una equivocación o alguna broma de algún vecino para cerrar el día con una fuente carcajada, pero al sostener el sobre sintió un escalofrío que no pudo explicar.

El papel se sentía pesado, cargado de una energía oscura que no encajaba con la calidez de su hogar.

Se sentó en el sofá, el mismo donde horas antes habían compartido risas y promesas, y rasgó el sobre. Sus manos temblaban con una ansiedad casi descontrolada, el aire de la sala se volvió denso y amargo.

Lo que sacó de ahí no era una declaración de amor, ni siquiera una broma infantil sino el grito de guerra de un hombre roto que le hablaba desde un pasado que Julián desconocía.

Era el testamento de un náufrago, un conquistador reclamando un territorio que Julián creía haber encontrado para reclamarlo como suyo. Con las manos envueltas en un sudor incesante y un nudo en la garganta que le impedía respirar, comenzó a leer las palabras que habían sido escritas con la brutalidad de quien lanza un proyectil esperando destrozar el pecho de su víctima.

la carta iniciaba con un rencor acumulado de quien ve caer su ego desde lo más alto y al tocar el suelo se convierte en el insignificante polvo que se esparce junto a la suciedad que produce la manipulación fallida.

No sé si me lees con burla o con la simple indiferencia del vencedor. Francamente, no me importa. Lo que sí te aseguro es que cada sílaba que escribo está empapada de la misma bilis que me consume desde el día en que ella comenzó la farsa.

Te escribo desde el frío de una traición bien calculada, desde la profunda y amarga humillación de saber que fui reemplazado con un estúpido cualquiera.

Ella me prometió la eternidad y juró elegirme a mí en la paz y en la tormenta. Me lo juró con esa misma boca que ahora te sonríe a ti. Yo fui el hombre que la amó de verdad y al que ella constantemente le repetía eso que a ti nunca te dirá; tú eres el que ahora recoge las migajas, el que se conforma con un premio de consolación.

Ella pisoteó todo lo que había creado para ella, no por ti, sino por su propia debilidad y su cobardía. Verte ocupar mi lugar, esa humillación pública, es un veneno que no se olvida. Cada beso y cada risa que comparten es solo un recordatorio de la burla que me hizo.

Tu victoria es hueca, construida sobre mis escombros. La pasión que ella finge es solo el reflejo de una luz que yo encendí, y que tú solo estás usando para calentarte. Disfruta eso que nunca será tuyo, ya que nunca te amará.

Ahora que la tienes, llévala con cuidado. Es el trofeo de mi dolor.

Por eso, te ofrezco esta única y amarga verdad, una advertencia de quien lo ha visto todo: no descuides tu espalda. El tiempo siempre expone a los farsantes, y ella no es una excepción. Llegará el momento para rendir cuentas cada quién. Mientras tanto, te invito a no desgastarte investigando acerca de mí; procura descansar, que quizá se vengan tiempos violentos.

Julián terminó de leer. Su corazón se detuvo en la eternidad de un segundo. El silencio de la casa, antes acogedor, se volvió una presencia física, un testigo mudo de su desmoronamiento. Miró a su alrededor: el cuadro que habían elegido juntos, la manta sobre el sofá, el aroma a café que aún flotaba en el aire… todo se sentía ahora como la escenografía barata de una obra de teatro que acababa de ser cancelada.

De pronto, el sonido metálico de la cerradura cortó el aire como un disparo.

El corazón de Julián, que siempre galopaba de alegría al oír ese giro de llaves, dio un vuelco violento, hundiéndose en el estómago. Escuchó sus pasos ligeros, el tarareo suave de una canción que él creía propia y ese «¡Hola, mi amor!» que siempre le devolvía el alma al cuerpo. Pero esta vez, el alma no volvió.

Julián no se movió. Permaneció de espaldas, apretando el testamento de aquel náufrago contra su pecho, sintiendo cómo el pedestal que había construido se deshacía en arenas movedizas bajo sus pies. Ella se acercó por detrás y rodeó su cuello con los brazos, dejando un beso tibio en su nuca.

-¿Pasa algo, Julián? Estás helado —susurró ella con esa voz de seda.

Él cerró los ojos con fuerza, atrapado en la agonía de la duda. Sintió sus manos —las mismas manos que el otro hombre describía como armas de traición— acariciando su rostro con una ternura que ahora le resultaba insoportable. En ese instante, Julián comprendió que los «tiempos violentos» no vendrían de afuera, ni de aquel remitente anónimo. La desgracia ya estaba ahí, instalada en el abrazo de la mujer que amaba, en el beso que no podía distinguir si era verdad o un magistral ensayo.

Lentamente, Julián guardó la carta en el bolsillo y, forzando una sonrisa que le desgarró el rostro, se giró para mirarla.

—Nada, mi vida —mintió, sintiendo el primer sabor amargo de la bilis en su propia lengua—. Solo estaba pensando en cuánto tiempo nos queda.

Ella le sonrió de vuelta, una sonrisa perfecta y eterna, mientras afuera, la tarde terminaba de morir en un gris absoluto.

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