Doble click: El machismo que no se reconoce a sí mismo

Escribe: Vania Montes

Siempre que se acerca el #8M, me ocurre algo curioso, vamos a decir “curioso. Un grupo de amigos me preguntan si este año también iré a la marcha del 8 de marzo y basta que diga que sí para que aparezcan los comentarios desafortunados; me muestren memes o hagan bromas relacionadas con la temática, siempre pidiéndome que no me enoje porque es sólo una broma más, “que si las feministas no tenemos sentido del humor”, me dicen.  

Como los aprecio quise sensibilizarlos y les compartí una situación de violencia psicológica y lo que recibí fue revictimización “porque no pueden creer que una feminista lo permita”, así descubrí que de lo que se trata es de aprovechar cualquier situación que ellos valoran como de un feminismo defectuoso para decir que ya no respetan tu causa. Por ejemplo si saben que te cae mal una chica y ¿entonces dónde quedó la supuesta sororidad? (que claramente no entienden en qué consiste).

Pues bien, algunos de estos micromachismos y MACHISMOS en mayúsculas no son reconocidos, pero yo los detecto en conversaciones casuales y otros más hasta los leo en sus redes sociales; donde por cierto particularmente hoy trato de difundir la causa. Estos trogloditas que aprecio, Dios sabe, se ofenden cuando me paro de la mesa e insisten en que me ría porque “evidentemente” ninguno de ellos es machista y hasta presumen la camiseta de “color aliado”, y aunque nadie de mi entorno me los ha señalado como violentos, puedo decir que es violentísimo que se hayan retorcido de la risa cuando les dije que alguien que también conocen escribió en su muro que “lo único bueno del 8M es que sacan a caminar a las gordas”.

Probablemente quien lo escribió pensó que era un chiste. Pero lo que ese comentario deja ver es algo mucho más profundo y triste: la manera en que el machismo puede estar tan normalizado que muchas personas lo reproducen sin siquiera darse cuenta -quiero pensar que sin darse cuenta-.

Y entonces quisiera decirles que el machismo no siempre se presenta como una agresión evidente. No siempre se manifiesta en la forma extrema de violencia que vemos en las noticias. A veces aparece disfrazado de humor, de comentario “inofensivo”. Y precisamente por eso es tan difícil de reconocer, pero tal vez hoy no me sentía tan combativa porque me dolía la panza y por eso no quise ni debatir ni sensibilizar. Simplemente dije: no me toca enseñarte, pero sí estaría chido que leas.

Ridiculizar a las mujeres porque marchamos no es una ocurrencia y ya, es parte de un patrón que busca desacreditar cualquier intento de protesta. Cuando se burlan de quienes salimos a las calles, cuando se cuestiona nuestra apariencia o se reduce nuestra participación a un estereotipo, lo que en realidad se está haciendo es minimizar el motivo de la marcha. Y no es poca cosa

Las mujeres marchamos porque la violencia contra nosotras sigue siendo una realidad. Porque según datos de UNICEF el 92% de las agresiones sexuales que vivimos las mujeres se ejerce contra niñas y adolescentes. Marchamos porque las cifras de agresiones, abuso sexual y feminicidios siguen siendo alarmantes. Marchamos porque no volverán a tener la comodidad de nuestro silencio y a lo largo de los años esas violencias se minimizaron, se ocultaron o se justificaron.

Lo que no supe decir porque me enfadé es que el problema es que el machismo no se sostiene únicamente por quienes ejercen violencia directa. También se sostiene por los discursos que la minimizan, por las bromas que ridiculizan a quienes la denuncian y por la facilidad con la que se desacredita cualquier intento de cuestionar ese sistema.

No se necesita golpear para sostener una cultura de violencia. A veces basta con reírse de quienes la señalan.

Ese es precisamente uno de los aspectos más complejos del machismo: que muchas veces se reproduce desde personas que no se consideran agresoras. Personas que creen estar del lado correcto, que se perciben a sí mismas como respetuosas, pero que al mismo tiempo repiten discursos que desacreditan a las mujeres.

Cuando alguien se burla del #8M, cuando reduce la marcha a un chiste o cuando decide opinar sobre el cuerpo de quienes protestamos, están participando en el mismo sistema que hace necesaria la protesta. El machismo más difícil de enfrentar no es el que se reconoce abiertamente. Es el que se niega a sí mismo. El que se presenta como humor. El que se esconde detrás de frases como “era broma”.

Porque las bromas también tienen consecuencias. Las bromas construyen imaginarios. Y cuando esas bromas ridiculizan a quienes exigen derechos, lo que están haciendo es reforzar la idea de que esas demandas no merecen tomarse en serio.

Las mujeres no marchamos por diversión. Marchamos porque se lo debemos a la niña que no pudo gritar. Marchamos porque protestar sigue siendo una de las pocas maneras de exigir que la violencia deje de normalizarse.

Tal vez quienes hacen esos comentarios no se ven a sí mismos como machistas. Tal vez incluso se consideran aliados. Pero reconocer que el machismo también puede habitar en nuestras palabras, en nuestras bromas y en nuestras actitudes cotidianas es un primer paso necesario.

Porque el machismo más difícil de enfrentar no es el que se reconoce. Es el que jura que no existe.

Vania Montes estudió Letras Hispánicas, es abogada de profesión, docente por vocación, escritora del no por convicción y adoradora del rock argentino por inspiración.

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