Relatos de una noche sin luna: El Banquete de Marfil

Escribe Héctor Medina
El ambiente era cálido, casi idílico. Estaba en un restaurante, rodeado de una multitud bulliciosa sentada frente a una gran mesa redonda cubierta por un impecable mantel beige. Frente a mí, un platillo exquisito; era algo rico, y lo disfrutaba con una paz que pronto resultaría ilusoria.
De pronto, la armonía se rompió. Sin mi consentimiento, una mujer joven alargó la mano, tomó mi tazón y, con una sonrisa gélida, lo llenó de una salsa picante roja. El carmesí invadió mi comida como una mancha de sangre. El sabor se perdió; arruinaron mi platillo.
La molestia se transformó con la fuerza de una combustión interna inmediata. Me levanté de la mesa furioso, con la silla chirriando contra el suelo. Alguien intentó detenerme, pero el instinto tomó el control. A diferencia de otros sueños, donde mis puños suelen ser de humo, esta vez sentí cómo mis manos se estrellaban con una solidez aterradora contra sus huesos.
Lo noqueé. Lo levanté del suelo tomándolo por la camisa como si no pesara nada y lo aventé como un trapo hacia un costado.
—¡Maldito! —rugí.
Empujé con violencia dos enormes puertas de cristal. El estruendo del restaurante quedó atrás y, de golpe, me encontré en un gran pasillo blanco, de una textura tan pulcra que parecía tallado en marfil.
El silencio era absoluto, pero sentí una presencia a mis espaldas. Una sombra me seguía. En ese instante, la lucidez me golpeó: consciente de mi sueño, me ordené correr. Mis piernas obedecieron con una agilidad sobrenatural. Volteé hacia atrás y el vacío me devolvió la mirada; ya no veía a nadie. Sin embargo, el pasillo, brillante y aséptico, parecía no tener fin.
De la nada, una figura emergió de las paredes. Comenzamos a pelear cerca de una hilera de casilleros metálicos que resonaban con cada impacto. Entonces, ocurrió lo inexplicable: un gato se atravesó entre nosotros. Con un zarpazo certero, el animal desconcertó a mi atacante hiriendolo de muerte.
El felino no huyó. Se quedó frente a mí y, con una solemnidad humana, me entregó un sobre negro con letras doradas.
Al tomarlo, un escalofrío me recorrió la espalda. En el exterior del papel, escritas con frenesí en diferentes tamaños y caligrafías, se repetían dos palabras que golpeaban mi mente: «tu vida, tu vida, tu vida».
Corrí de nuevo, huyendo de lo invisible y luchando por abrir el sobre al mismo tiempo. Necesitaba saber qué mensaje ocultaba aquel gato con tanto celo. Mis dedos rozaron el borde de la hoja, el papel comenzó a deslizarse hacia afuera, revelando apenas el primer trazo de una verdad absoluta…
Y entonces, el mundo se desvaneció.
El sonido estridente del despertador perforó el silencio de mi habitación. Eran las 12 de la noche —una alarma absurda para cualquiera, pero puntual para mi condena—.
Me quedé mirando el techo en la oscuridad, con el corazón acelerado, sabiendo que el secreto de mi vida se había quedado atrapado en ese pasillo de marfil, mientras insensatos disparos se oían tras de mi ventana, era la hora de la verdad, mi verdugo había llegado y solo la muerte decidiría a cual de los dos llevarse .

