Motocidio: una solución innecesaria para un problema ya tipificado

Escribe Vania Montes.
Hace un rato leí que una asociación de motociclistas estaba planteando la “necesidad” de tipificar un delito nuevo llamado “motocidio” por considerar la necesidad de crear un delito específico cuando un conductor atropelle a un biker bajo la influencia del alcohol, las drogas; pero sobre todo que lo haga por “odio”. Y ahí no paró la cosa, se atrevieron los “machirulos estos” a compararlo con el feminicidio.
-Acepto que el insulto estaba de más, pero es que teniendo tanto por legislar proponen esto y se atreven a banalizar una conquista como es la del tipo penal de feminicidio. La neta sí me molesté-
En fin, tratando de dar el beneficio de la duda pensé cuál podría ser su exposición de motivos y pues… va, probablemente la intención les puede sonar legítima; porque obvio nadie quiere más muertes en la vía pública, pero el problema es que la propuesta parte de una premisa equivocada: creen que hoy no existe un delito que les haga justicia. -Pero existe- Y no soy penalista, pero:
Si alguien priva de la vida a otra persona con un vehículo, es homicidio.
Si hay intención, es homicidio doloso.
Si es imprudencia, es homicidio culposo.
Si el conductor iba ebrio o drogado, ya existen agravantes.
Si hubo intención directa, ya estamos ante un homicidio calificado.
No hay vacío legal que llenar. No hay figura inexistente que inventar. Lo que hay es falta de aplicación efectiva. Y esa es la gran deuda que tienen los gobiernos con la ciudadanía.
Cambiar el nombre del delito no cambia la realidad.
La propuesta también habla de “odio al motociclista”. Y aquí conviene hacer una pausa. El derecho penal no castiga sensaciones ni interpretaciones subjetivas; castiga conductas probadas. Probar un móvil de odio no es cuestión de percepción, es cuestión de evidencia. Y abrir la puerta a tipos penales basados en “seguramente me odia porque me cerró el paso” puede generar más problemas de los que pretende resolver.
Además, se atrevieron a comparar esta iniciativa con el feminicidio. Como diciendo que si las mujeres tenemos nuestro «feminicidio» que ellos no puedan tener su «motocidio». Seré educada: esa analogía es peligrosa y está mal pensada. El feminicidio, verán, responde a un contexto histórico y estructural de violencia sistemática contra las mujeres, y no lo digo yo, lo reconocen tribunales nacionales e internacionales. Así que háganse un favor y no pretendan trasladarse a ese nivel solo porque “sonaba bien”. ¡Qué vergüenza!
Pero hay un punto todavía más incómodo. Como automovilista medianamente experimentada les puedo afirmar que la vialidad no siempre es un escenario de víctimas unilaterales.
Sí, existen conductores irresponsables que provocan tragedias. Pero también es una realidad cotidiana que algunos motociclistas rebasan por la derecha, circulan entre carriles, se colocan en puntos ciegos, exceden velocidad o utilizan vialidades de alta velocidad donde el reglamento no se los permite. Basta manejar cinco minutos en cualquier avenida principal de Morelia para verlo. Y si es colonia popular, hasta sin casco.
Entonces la pregunta es inevitable: si vamos a crear delitos con nombre propio para proteger a un grupo, ¿quién protege al automovilista cuando una motocicleta aparece de pronto por el costado derecho a alta velocidad?
El derecho no puede diseñarse como herramienta de presión sectorial. El derecho se guía por bienes jurídicos. Y el bien jurídico aquí es la vida. La vida vale lo mismo si la persona iba en moto, en coche, en bicicleta o caminando.
Si empezamos a clasificar homicidios según el medio de transporte de la víctima, entramos en una pendiente absurda. Hoy sería el “motocidio”. Mañana, ¿el “bicicletocidio”? ¿El “patinetecidio”?
La solución no es bautizar el homicidio con un término más llamativo. La solución es aplicar la ley que ya existe, mejorar la cultura vial y asumir que cuando tomamos un vehículo, tenemos responsabilidad compartida.
Vania Montes estudio Letras hispánicas. Es abogada de profesión, docente por vocación, escritora del no por convicción y adoradora del rock argentino por inspiración.

