COLUMNEROSLOCA...SIONAL

Loca…sional: De Chavorruco a Ruco

Escribe: Chío Morelos

De esas veces que estás de metiche en una conversación en la que un individuo trata de describir a alguien por sus rasgos y se refiere a esa persona como “persona de la mediana edad”. Por alguna razón, la frase resuena muy alto en tu cabeza, y te quedas reflexionando, y piensas, “oséase un cuarentón”… Un momento… ya tengo cuarenta… y entonces el silogismo viene inevitablemente a tu cabeza: “Las personas de la mediana edad son cuarentones”, “yo soy cuarentón”, ergo, “soy una persona de la mediana edad”. Y entonces suenan los violines melancólicos en tu cabeza y viene todo un flash back de algunos indicios que ya vienen echándote en cara tu clara falta de juventud.

Una de las cosas que experimentas es que ya empiezan a morirse algunos contemporáneos, para escándalo tuyo y de tu generación, pues es inevitable pensar que se fueron “muy jóvenes”.

Las canas ya han invadido tanto tu cabeza, que ya renunciaste también a arrancártelas, y más bien te toca ver cómo hacerlas lucir bien o de plano mejor esconderlas con algún tinte.

También descubres que la música no es “como la de tus tiempos”, que esa sí era música buena y de calidad (y mientras repites eso, por alguna razón recuerdas que tus padres tenían la misma percepción de tu música).

Otra de las cosas que de pronto notas, es que ya dejaste de ofenderte y contar las veces que te dicen “señora” en lugar de “señorita”, o bien “Don” en lugar de “joven”, porque la verdad es que ya no te “cueces de un hervor”.

Las reuniones con los amigos también han cambiado, ya no se hacen en la sala, sino que ya pasaron al comedor, donde es más cómodo sentarse y no hay que agacharse tanto para tomarle al trago. Además, ya se prefiere empezar de día, porque duelen más las desveladas.

Has renunciado cada vez más a seguir lo que está en “tendencia” y es más, ya ni sabes diferenciar lo que está “aesthetic” para vestir.

Qué decir de las fiestas multitudinarias, en las que ahora eres relegado a la mesa de los viejitos, cerca por cierto del baño, lejos del ruido estridente y apartado de los temas de la “chaviza” que se han vuelto muy ajenos a lo que conoces y que ya empiezas a renunciar a entender.

No por nada se habla mucho de la “crisis de los cuarenta”. El cuerpo empieza a mostrar irremediablemente sus achaques, y entonces la reacción ante esta situación nos lleva a querer a como dé lugar, compensar la situación. Por otro lado, está el cuestionamiento de si hemos logrado nuestras metas a estas alturas del partido y si todavía habrá “chance” de virar el barco, antes de que sea demasiado tarde.

Nos da entonces por hacer cosas disparatadas que son tan variadas, como diferentes en cada persona: algunos van de cosas inocentes como pintarse los cabellos de colores fluorescentes (antes de que la calvicie sea inminente); otros se enlistan por primera vez en un gimnasio para presumir diariamente en face “su nuevo estilo de vida fit”; Hay quienes tienen cambios más drásticos como derrochar en cosas materiales que los hagan llamar la atención  (tales como autos o motos deportivas); otros renuncian al trabajo, porque más vale tarde que nunca; y hay quienes se buscan amantes nuevos, y si se puede hasta más jóvenes, porque “uno tiene la edad de la piel que acaricia”; etc.

 Pero aunque nos esforcemos en que no se nos note lo rucos, tenemos que aceptar que el tiempo va dejando su huella y que la obsolescencia programada ya está a la vuelta de la esquina, aunque no por eso tenemos que renunciar a disfrutar de cierta paz y ciertos placeres que no tuvimos en nuestra juventud. Y es que ahora tenemos algo que no teníamos antes: más experiencia, mayores recursos y también más tolerancia a hacer el ridículo, un buen combo con el que todavía podemos “darle vuelo a la hilacha”.

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