
STAFF/J. Alberto Infante-@JALRAIN1
Desde tempranas horas de este Jueves Santo, el Centro Histórico de Morelia comenzó a transformarse. Familias enteras arribaron para presenciar una de las representaciones más significativas de la Semana Santa: la escenificación de la Última Cena, que este año tuvo como escenario la Plaza Melchor Ocampo, permitiendo así liberar la avenida Madero para el tránsito peatonal.

El ambiente fue de recogimiento, pero también de expectativa. Bajo un cielo que acompañó la jornada, el montaje arrancó con el debate de los fariseos, quienes deliberaban sobre el destino de Jesús de Nazaret. Acto seguido, se recreó la traición de Judas Iscariote, quien aceptó las 30 monedas de plata a cambio de entregarlo, marcando uno de los momentos más tensos de la representación.

La escena central llegó con la Última Cena. En un acto cargado de simbolismo, Jesús compartió el pan y el vino con sus apóstoles, instituyendo lo que para la fe católica representa el origen de la Iglesia. Posteriormente, el lavatorio de pies —incluido el de Judas— reforzó el mensaje de humildad y servicio.
La narrativa continuó con el pasaje del huerto de Getsemaní, donde Jesús, en oración, acepta su destino, seguido por la captura, escenificada con la llegada de soldados romanos y el beso de traición que sella su detención.

El arranque de esta representación estuvo encabezado por el arzobispo de Morelia, José Armando Álvarez Cano quien dio apertura formal a las actividades del día. Al concluir, uno de los sacerdotes organizadores extendió la invitación a la ciudadanía para continuar con las actividades del Viernes Santo, que incluyen el Viacrucis, la crucifixión y, por la noche, la emblemática Procesión del Silencio, que este año celebra medio siglo de tradición ininterrumpida.

La jornada no solo reafirmó la vocación religiosa de la ciudad, sino que también mostró la capacidad de adaptación logística para mantener vivas las tradiciones, sin perder el sentido espiritual que las sostiene.
