Nostalgia mezquina/ By @indiehalda
Por Oscar Hernández

A Oscar le gusta el post-rock, Haruki Murakami, los atardeceres, el Boing de tamarindo y -para su desgracia- todo lo que engorda, alcoholiza o es socialmente reprobable. Pero hey, se la pasa bastante bien. Su columna habla del acontecer económico, político, social y cultural del DF visto por un moreliano de corazón.
En una de sus ahora ya tradicionales y muuuuuy arriesgadas intervenciones, el flamante y al parecer aún convaleciente gobernador de Michoacán soltó esta semana una verdadera joya en la convivencia con medios posterior a presentar la muy chula nueva campaña de promoción del estado.
Tan pagado de sí mismo como siempre, el Sr. Vallejo sentenció “A tres meses lo que ha sucedido en Michoacán es extraordinario. Sólo un necio, un tonto, un mezquino, no lo puede aceptar”… disculparán la pausa, pero escupí el café cuando leía la nota. Este hombre podrá ser un mal gobernador, pero es un exquisito fabricante de momentos incómodos.
La puntada del Sr. Vallejo es mi oportunidad ideal para hablar por vez primera en esta columna del estado donde crecí, donde nació mi madre y en el que básicamente aprendí a vivir la vida. Ese estado que al parecer ya sólo habita en mis recuerdos y en el de muchos que lo habitan o, como en mi caso, añoran.
Para un treintañero como yo le es fácil recordar esa mañana del 5 de junio de hace 13 años, cuando Morelia amaneció sin ambulantes en sus 6 principales plazas. Recuerdo los rostros de muchos que recorríamos las calles de ese espacio que nunca habíamos sentido tan nuestro. Y en ellos se veía ese algo que da gusto ver en la gente: ESPERANZA.
Con el paso de la primera década de este siglo fuimos testigos de cómo esa esperanza veraniega se iría esfumando, incluso cuando un michoacano en la silla del águila prometió con bombo y platillo que nos iría bien, muy bien. Pasamos de la esperanza al desconcierto, al horror y ahora a una indignación quieta, como la de aquel que sufre pero que sabe que poco o nada puede hacer para calmar el dolor.
El Sr. Vallejo peca de optimista o de cínico al juzgar de forma tan simple el sentir de las miles de voces que por toda la entidad dan testimonio de la debacle: los empleos perdidos, el rasgamiento del tejido social, la incertidumbre que la delincuencia organizada provoca, y el consecuente envalentonamiento de la “delincuencia no organizada”, aquella que ha aumentado exponencialmente en el estado pero que no sale en las portadas porque, al final, ese no fue el tumor que fue a extirpar el gobierno federal.
Fausto espera que todos hablemos bien de la entidad, en un caso tan obvio de negación que cualquier psicólogo nos negaría el cobro de honorarios. Él, que recorre incansablemente el estado, es quizá el más consciente de la situación, y por lo que se ve también el más interesado en esconderla. Un simple actor, cuando el estado requiere un gobernante.
Constantemente me encuentro en redes sociales con críticos de mi postura hacia la que considero una pésima gestión estatal. Y todos utilizan el mismo discurso cansino: “Fausto atrajo al gobierno federal”, “Fausto ha hecho más obras que nunca”, “Hablar mal del estado demuestra lo poco que lo quieres” y el recurridísimo “Somos más los que queremos un Michoacán mejor”… y así hasta la náusea.
Que Michoacán se mantenga en los últimos 5 lugares de prácticamente cualquier indicador de desarrollo (educación, generación de empleo, delitos, desarrollo social, pobreza) me dice que, por mucho que quiera pararse el cuello, al Sr. Vallejo no le queda de otra más que mirarse al espejo y decirse con franqueza total: “Ni modo mano, no la hiciste”
Si extrañar un estado esperanzado me hace un mezquino, entonces la mía es una nostalgia muy mezquina, señor gobernador.
Pero de tonto nada… tonto -como dice Tom Hanks en su gran papel en Forrest Gump- es el que dice tonterías.
Y en eso creo que nos lleva ventaja.
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